Velas, chocolate y pasión
Me encanta jugar con mi pareja y poner en práctica juegos eróticos que te hacen sentir en el cielo…
Hace una semana fui a un Taper sex y llegué a mi casa cargadita de juguetitos sexuales. La verdad es que pasé un rato muy divertido con mis amigas escuchando y viendo como hacían diferentes demostraciones las chicas que se encargaban de explicar para que servían todos los utensilios que llevaban en las bolsas. Pero lo mejor para mi fue sin dudarlo un segundo al llegar a mi casa. Mi pareja me esperaba solo, ya que le dejó los niños a mi suegra, por lo que teníamos un par de horitas para probar nosotros mismos los juguetitos antes de que nos trajeran a los enanos.
Empezamos por preparar el ambiente encendiendo un incienso que por lo visto incitaba a practicar el sexo, llevaba una especie de afrodisíaco que al encenderlo se liberaba. Mientras mi pareja se preparaba en el comedor yo fui a la habitación y me puse un conjunto que dejaba mis pezones al descubierto y un tanga de hilo comestible con sabor a fresa. Me tumbé con una pose muy sensual encima de la cama y llamé a mi pareja. Al entrar mi hombre en la habitación no pudo resistirse y se abalanzó sobre mi. Yo no estaba dispuesta a que acabara el juego, por lo que le cogí sus muñecas y le encadené a la cama con unos grilletes que adquirí en el taper sex. Le gustó ese juego porque cada vez se ponía más caliente, y yo también. Le embadurné con una crema de chocolate que viene preparada en un tubito y la extendí por todo su cuerpo con un pincel que formaba parte del lote. Pasé mi lengua por todas sus zonas erógenas y me detuve un buen rato a saborear sus genitales que casi estallaban de placer. Seguidamente encendí una vela y le vendé los ojos, él me dejó hacer todo lo que se me iba ocurriendo, lo que me facilitó ponerme aun más caliente. Volqué la vela a cierta distancia y mi pareja alucinó cuando le cayó la cera caliente encima de su cuerpo, gemía del más puro placer. Sin dejar que se enfriara ni un segundo el ambiente, me puse encima de él y sin dejarle ver lo que hacía introducí su pene dentro de mi, creedme cuando os digo que se retorcía y no de angustia precisamente. Cuando le saqué la venda fue cuando ya llegó al clímax y su cara era totalmente indescriptible, cada vez que lo pienso me pongo mala. Por supuesto no paré hasta llegar al orgasmo yo también y quedé exhausta, pero valió la pena.
Fue, sin lugar a duda una de las mejores experiencia que he tenido con mi pareja y hemos repetido tantas veces que ya no me queda más crema de chocolate en el tubito que compré. Tendré que volver a ir de compras.
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